Lo conocí trabajando, cuando repartíamos pizzas. En la primera semana me llamó la atención que siempre estuviera contento. Luego me llamó la atención que la gente, a su alrededor, fuera quien fuera el que lo acompañara, también estaba alegre, siempre, y no me refiero a esa forma boba de buscar el lado positivo a todo como si tu espíritu fuera un inconsciente feliz que no entiende el problema. Al revés. Él es pícaro, y entiende el problema, y su risa es pícara: de sabérselas todas; risa endiablada y más risa que la tuya y la mía juntas. Cuando tres semanas después de compartir turnos y pizzas, me dio su teléfono, él ya se había ganado a pulso el nombre con el que a partir de entonces quedaría bautizado en mi agenda: Peter Pan, un nombre contrario para un hombre que, al contrario, no se negaba a crecer sino que crecía y te animaba a hacerlo sin complejos, manteniéndose y manteniéndote niño aquí en la Tierra y no en el cielo, que con una sola llamada dejaba Nunca Jamás vacío y, hala, nos vamos todos a tu casa, que yo llevo el hielo. En dos años he sabido poco de él. Lo último que escuché es que este sábado iba al concierto de Iván Ferreiro en Málaga.
Quizá te aburro un poco repitiendo que este sitio lo hago principalmente para las personas que ahora no veo tanto como quisiera. O que me gusta lo último de Iván Ferreiro aunque sé de antemano que despierta cierta animadversión a algunos de los presentes en la sala. Te aburro entonces ahora diciendo que su concierto en Córdoba se suspendió por la lluvia y al de Málaga, este sábado, me fue imposible ir. Te voy a aburrir el doble diciéndote que me gusta la última canción del disco: Magia. Porque me recuerda a Smile, no sé. Porque habla de cuando cualquier persona está sentada tranquilamente en su casa y ahora de repente, plas, te empiezo a echar de menos. Me gusta que semejante cursilada, cantada por el autor, suene como un cuento urbano de lo mágico y lo cotidiano, porque cuando soy yo el que la canta de camino a la cocina: “magia, magia”, suena como si me hubiera escapado de cualquier plano de “Sonrisas y Lágrimas”, y la imagen que regalo es tan ridícula que ganas dan de francotirotearme desde cualquier tejado vecino. Magia es que gracias a Dios yo no sea cantante, supongo. Y que una emoción salte de pronto también es magia. O tomar una decisión sin pensarlo mucho. Magia es que me fuera. Magia es que se borraran un poco mis huellas y magia es lo fácil que se olvida como por arte de magia. Pero ahora, sobre todas las cosas, magia es que el sábado por la noche mi teléfono sonara, que después de dos años sin saber de él, Peter Pan apareciera escrito en la pantalla y que todos los pelos de mi cuerpo se pusieran de punta al descubrir que en ese preciso momento Iván Ferreiro estaba cantando Magia.
Magia sin un gramo de maldad.
“La carretera” es un libro sobre el mundo arrasado por un desastre que sólo ha dejado contados supervivientes en pie. Un padre y un niño andan por la carretera hacia el sur. Hace frío y siempre está lloviendo. Tormentas horribles. El niño no conoce la sociedad pasada. No sabe lo que es un colegio. Esta mañana he leído la parte en la que el padre encuentra una coca-cola. Cuando el niño la prueba sabe que nunca más volverá a probar otra.
Córdoba. Diez y pico de la noche. Ahora mismo hay una tormenta encima de mi cabeza. Me he asomado a la terraza para disfrutarla un poco. La vecina de enfrente también. Ella ha llamado a su hijo, a voces, se podía oír el nombre del niño desde mi balcón. Álvaro, ven, corre. Lo ha llamado para que viera la tormenta. Es un espectáculo que no se ve a menudo, eso es verdad. El niño ha dejado la coca-cola en la mesa y se ha puesto a mirar por la ventana. Le impresiona la tormenta tanto como a mí.
Se me quedó la manía ésa del niño de Polstergeist, y ahora cuando veo el rayo digo números para ver cuánto lejos está el trueno. Siempre llego a contar hasta tres, hasta seis, hasta siete, o más. Nunca dos. Ni uno. Antes he mentido. La tormenta no está encima de mi cabeza. Nunca he tenido la tormenta tan cerca. La suerte me ha tratado bien. Un, dos, tres, cuatro... Hoy me he quedado en el cuatro.
Actualización para decir algo de La Carretera: novela de Cormac McCarthy, Premio Pulitzer 2007. Al autor puede que lo conozcas más por la adaptación cinematográfica de su anterior libro “No es país para viejos”. Si eres de los que adoran los Best Seller, éste es el típico libro que va por la no se cuánta edición y en su contraportada figuran reseñas como ésta: “Javier Marías dijo que el Premio Nobel de Literatura este año se lo merecía Cormac McCarthy”. Si eres de los que, como yo, saca a relucir todos sus prejuicios para cagarse en los BestSeller, te animo a hacer la excepción (y a ser más humilde, hombre), y te animo a comprarlo-robarlo-descargarlo, sí, porque es un libro sencillo, escrito sin capítulos, un párrafo detrás del otro, sin comas, sólo puntos y frases cortas, y honestas, lo es incluso en el diálogo que mantienen padre e hijo, los dos únicos personajes de la historia, dos personajes que ante un mundo devastado por el desastre nuclear (o algo así, no lo aclaran), donde el aire es negro, el suelo de ceniza y ya no hay animales ni vegetales que comer, sólo pueden andar por una carretera, escondiéndose de los “malos”, esos que no dudan a la hora de comer carne humana, y esperanzados con llegar al sur y encontrar a “los buenos”. La editorial es Mondadori. Lo justo es decir que yo supe de este libro por La Mujer Tirita, una de las mejores consejeras literaria que conozco.
Segunda Guerra Civil
sábado 26 de abril de 2008 | 3:23
Ana está desnuda sobre la cama cuando me dice que tenga cuidado. Yo me acerco y le doy un beso. Me quiero quedar un rato más. Para hacerlo otra vez. Pero no puedo, Ana, cariño, tengo que irme. Y Ana está desnuda sobre la cama cuando me ve salir por la puerta. A la calle. Por la acera. En los despachos hoy ha pasado algo. Un superior me ordena destruir el terminal. Obedezco. Estrello mi terminal contra el suelo. Mis compañeros hacen lo mismo. Todos los terminales de todos los despachos son destruidos. Se pierde cualquier tipo de dato. Ha sido una solución histérica. Y eficaz. Ahora no podrán averiguar quién ha sido. No pueden matarnos a todos. Pero a las dos horas aparece el primer furgón.
Nunca antes había visto un robot. En otras ciudades la gente está acostumbrada a verlos. Aquí no. Aquí es la primera vez que vemos furgones. Un robot entra en mi despacho y para no dar con el marco de la puerta tiene que agacharse. Son altos. Son precisos. Algo bello hay en ese robot agachándose para no dar con el marco de la puerta. Estoy fumando cuando entra y no sé si tengo el cigarro en la mano o lo he soltado en el cenicero cuando me dice que salga de detrás de la mesa. Obedezco. Salgo. Docenas de robots nos guían. Algo bello hay en esos robots empujando personas. Hacia la calle. Hacia los furgones. A mí me encierran con siete hombres que no conozco. Con ellos pasaré el resto del día. El resto del día es, en realidad, lo que me queda de vida. Uno de mis siete acompañantes se pone a rezar. El furgón arranca. Se mueve. Por una carretera. Durante el camino oigo el rezo del que reza y el silencio de los demás. Es silencio de estar pensando. Triste. Yo pienso que no sé si apagué el cigarro antes de salir de detrás de la mesa. Triste. Absurdo. Nos van a matar y yo sólo puedo pensar en un edificio de despachos ardiendo por mi culpa.
Oigo que vamos a un antiguo hospital. Grito que no he hecho nada. ¿A quién grito? Al conductor del furgón supongo. A mis acompañantes. A quien quiera oírlo. Pero nadie quiere oírlo. El hombre que está a mi lado quiere que cierre la boca de una puta vez. Me dice que es inútil gritar. No va a haber ningún juicio. Pero yo no he hecho nada. Eso da igual. Pero no pueden matarnos a todos. Sí que pueden. El furgón se para y yo grito que fue mi superior el que lo ordenó todo. Soy un chivato. Quiero vivir. Soltadme. Y estoy gritando cuando nos sacan del furgón. El antiguo hospital ahora parece una cárcel. Nos empujan. Nos hacen caminar por pasillos en ruinas. Las puertas son nuevas. De hierro. Y nos esposan. Le digo al robot que yo no he hecho nada. Hablar con un robot es frustrante. El que está a mi lado lo sabe. No hay nada que hacer. No buscan un culpable. Luego nos meten en una habitación vacía. Con un espejo gigante. Nos dejan solos. Atados el uno al otro.
Para movernos tenemos que ponernos de acuerdo. El que está a mi lado mira hacia arriba. Hacia todos lados. Busca conductos de aire. Piensa que esto puede ser una cámara de gas. No lo es: no hay conductos. ¿Cómo van a matarnos? Nos ponemos de acuerdo y caminamos hacia el espejo. Nos ponemos de acuerdo para patear el espejo. Inútil. No se rompe. Vemos reflejada la otra pared y nos giramos. Ahí están: ocho horquillas de hierro. Nadie sabe cómo funcionan. Nos ponemos de acuerdo para ir hacia las horquillas. Está claro que forman parte de nuestra ejecución. Pero nadie sabe cómo funcionan. El que antes rezaba ahora llora como un crío. Se contagian dos más. ¿Qué habéis hecho para estar aquí? Nada. Lo mismo que tú. Lo mismo que yo. Nada.
Vuelvo a gritar. Tiene que ser un error. El que está a mi lado sabe mantener la calma. Sabe morir. Y me repite que cierre la boca de una puta vez. Nos van a matar. Asúmelo. No puedo. No quiero morir. Nadie quiere. Yo no sé morir. Tendrás que aprender. Busca una imagen. Un recuerdo. ¿Para qué? Elige un momento de tu vida y agárrate a él. ¿Para qué? Cierra los ojos cuando llegue el final. Mira esa imagen. No te consolará. No hay consuelo para la muerte. Pero aún puedes justificar tu vida. Cállate, todavía no estamos muertos. Asúmelo. Yo no he hecho nada. Y eso da igual.
De repente las horquillas saltan disparadas. Hacia nosotros. Siento una presión en el cuello. El hierro se clava en la carne. Hay una horquilla para cada uno de nosotros. Una para cada cuello. Luego sentimos el tirón. Las horquillas tiran de nuestros cuerpos. Son como manos que nos arrastran hacia la pared. Todo sucede rápido. Cuando me recupero vuelvo a mirar el espejo. Veo a ocho hombres colgados. Somos nosotros a medio metro del suelo. Nuestras piernas cuelgan y en el espejo veo a los demás patalear. Aún vivos. Me agarro a la horquilla con las manos. Trato de abrirla. Imposible. Estoy atrapado. Con la espalda pegada a la pared y la vista puesta en el espejo. Somos ocho hombres puestos uno al lado del otro. Parece un escaparate. Un perchero de ocho perchas. Yo soy el último de la serie. No puedo aguantar el miedo y me lo hago encima. El que antes rezaba ahora está quieto. La horquilla le ha roto el cuello. Nadie sabe lo que va a pasar ahora.
El primero de la fila deja de resistirse. No patalea más. Pienso que se ha cansado de luchar pero enseguida descubro que ya está muerto. Han empezado a ejecutarnos. No sé cómo. No hay disparo. No hay gas. ¿Qué ocurre? El segundo de la fila también cae. Nos están matando. ¿Cómo? El tercero de la fila se queda quieto. Con los ojos muy abiertos. Sabe que es el siguiente. El que está a mi lado descubre la línea que sale del espejo. Ahí está. Un haz de luz. Casi imperceptible. Un hilo fino. Como una aguja. Que empieza en el cristal y termina en la frente del tercer hombre. Al instante cae muerto. Así es como nos van a matar a todos. Tres segundos entre una y otra ejecución. El cuarto hombre es el del cuello roto. Ya está muerto pero el robot que hace de verdugo está programado para matar a ocho. Otro haz de luz cruza la habitación de una pared a otra. Hasta su cabeza. En la frente. Muerte al muerto. Y ahora quedamos cuatro. Yo vuelvo a gritar. Lo hago por instinto. Ni siquiera sé lo que digo. El que está a mi lado insiste. Hazlo. Cierra los ojos y visualiza esa imagen. No puedo. Tengo los ojos abiertos. Veo al quinto morir. No soy capaz de cerrarlos. Sólo quedamos tres. El que está a mi lado sí puede cerrar los ojos. Está tranquilo. Su pantalón está manchado. También se lo ha hecho encima. Pero él no patalea. Él sabe morir.
Se clava el haz de luz en la frente del sexto hombre y ya sólo quedamos dos. El que está a mi lado sonríe. Con los ojos cerrados sonríe. Yo dejo de patalear. Voy a morir. Paralizado lo asumo. El que está a mi lado da una cabezada y paralizado asumo que ahora me toca a mí. En la habitación ya no respira nadie. Soy el último vivo. En un momento se acabarán todos los momentos. Cierro los ojos. Obedezco al que estaba a mi lado. Al que acaba de morir. Y busco esa imagen. Aprisa. Mi último recuerdo. Luego un haz de luz perfora mi frente. Un agujero se hace con lo que estoy pensado. Un punto negro devora mi última imagen y Ana está desnuda sobre la cama cuando me dice que tenga cuidado.
El principito de mi barrio
sábado 5 de abril de 2008 | 14:23
Hoy un crío me ha pedido que le dibujara un cordero. Al principio he alucinado porque en el parque a esa hora no suele haber un alma, y que un renacuajo se acerque al banco que tú discretamente has colonizado para garabatear en tu cuaderno, de primeras, créeme que impresiona; más aún si el niño es rubio, tiene el pelo rizado y en el cuello lleva enrollada una bufanda de vuelta y media. Porque hasta donde yo sé ese personaje es de cuento.
– ¿De verdad quieres que te dibuje un cordero?
– Sí, por favor.
Emocionadísimo y convencido de que mi vida es un precioso poema que a la primera de cambio me regala semejante bellísima referencia literaria, me he puesto a dibujar su “cordero”. Pero el niño no ha resultado ser ni tan de cuento ni tan de otro planeta sino, por el contrario, muy del nuestro, y en cuanto ha visto el papel que le he puesto en las manos me ha soltado un “¿esto qué es?” que bien rápido ha derrumbado mi maravillosa escena.
– Pues eso es un cordero – le he dicho yo.
– Pero si esto es una caja.
– Bueno, es que el cordero está dentro.
– ¿Dentro?
– Sí.
– ¿Lo has encerrado en una caja?
– Sí… Bueno, no. Es que el cordero vive ahí.
Cuando el niño, boquiabierto, ha hundido los ojos en el papel no sé si para buscar un cordero o el significado a semejante barbaridad, yo he empezado a ponerme nervioso, más al ver que el niño, en vez de sentido, parecía haber encontrado razones de sobra para denunciarme a cualquier protectora de animales.
– ¿Cómo has podido encerrarlo?
– No, no… Yo sólo…
– Es horrible.
– Escucha, yo sólo lo he metido en una caja para que te lo imagines.
– Pobre cordero.
– Pero si la caja tiene agujeros, para que respire, y le puedas dar de comer…
– Vaya vida más triste...
– Anda, ¿qué dices?, si te he dibujado un cordero superfeliz.
– Señor, está usted loco.
– Pero bueno, chico, échale un poco de imaginación.
Y desde luego imaginación es lo que el niño le ha echado al asunto cuando, corriendo con el papel en la mano hacia la otra punta del parque, se ha puesto a gritar:
– Mamá, aquí hay un sociópata de ésos…
Que en mi vida había salido yo tan rápido de un parque, te lo juro.